Andrés Eloy, curador de la simplicidad y la alegría


«Madre, si me matan,

ábreme la herida, ciérrame los ojos

y tráeme un pobre hombre de algún pobre pueblo

y esa pobre mano por la que me matan

pónmela en la herida por la que me muero…

Si vienen mujeres, diles sin sollozos:

–¡Si hablara, qué lindas cosas te diría!

Ábreme la herida, ciérrame los ojos…

Y una palabra: JUSTICIA

escriban sobre la tumba.»

Andrés Eloy Blanco (1896-1955)

Claudia Herrera Sirgo. Especial para TP

Socióloga

La suma de nuestra riqueza literaria tiene infinidad de nombres, sin embargo, la contemplación cotidiana y la ingenuidad del pueblo como protagonista, fue abordada de manera magistral por pocos.

Nos referimos en este caso al cumanés Andrés Eloy Blanco, nacido el 6 de agosto de 1896, no en balde denominado «el poeta del pueblo». Orador impecable, fue un abogado, político, declamador y recolector de las letras que tejieron en poesía la realidad de los microcosmos de un pueblo procurando sobrevivir la expoliación de sus sueños, el abandono paulatino de su forma de vida agrícola, de la ignominia gomecista, de las injusticias y las miserias propias del sistema socioeconómico donde se forjó.

Hijo de Luis Felipe Blanco y de Dolores Meaño, vivió la exclusión desde la tierna infancia donde fue confinada su familia a la isla de Margarita por oposición al régimen de Cipriano Castro. Con Gómez vivió la cárcel de La Rotunda. Su incorporación a la vida literaria fue desde que inició estudios universitarios en derecho, formó parte del Círculo de Bellas Artes y merecedor a temprana edad de premios por su obra poética. Fue admitido en la Real Academia de Sevilla de Buenas Letras.

Su sentido del humor y la delicada descripción que hacía de su abordaje admirador de la naturaleza y de cada detalle del amor, de la crianza de las y los hijos, de la lucha por la justicia, hicieron una visita obligada a su pensamiento y obra: El huerto de la epopeya (1918), Tierras que me oyeron (1921), Los claveles de la puerta (1922), El amor no fue a los toros (1924), El Cristo de las violetas (1925), Poda (1934), La aeroplana clueca (1935), El pie de la Virgen (1937), Barco de piedra (1937), Abigaíl (1937), Malvina recobrada (1937), Baedeker 2000 (1938), Liberación y siembra (1938), Navegación de altura (1942), Vargas, albacea de la angustia (1947), Los muertos las prefieren negras (1950), A un año de tu luz (1951), El poeta y el pueblo (1954), Giraluna (1955), La Juanbimbada (1959, póstumo). Fue censurado en innumerables ocasiones, sólo pudo publicar sus primeras obras luego de la muerte de Gómez.

La poesía social se vive en los Hijos Infinitos, en Píntame Angelitos Negros y su denuncia a la exclusión por clase y por etnia. Fue Presidente de la Asamblea Constituyente en 1945, ocupó el cargo de ministro de Relaciones Exteriores durante el corto gobierno de Rómulo Gallegos (febrero-noviembre de 1948) truncado por el Golpe militar sin respuesta de sus compañeros de partido.

Tras el Golpe vivió exiliado en México. El 21 de mayo de 1955, retornando de un evento donde rendía homenaje su amigo fallecido Alberto Carnevali, cuando su vehículo fue impactado por otro, pereció en la vía hacia su hogar en Cuernavaca, tenía 58 años y posiblemente muchas poesías por entregarnos. La mayoría de los hogares venezolanos revive, cada 31 de diciembre, la palabra que despide al año viejo con el deseo de Las uvas del tiempo.

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