LA FUERZA DE TRABAJO JUVENIL EN VENEZUELA


NEIRLAY ANDRADE. Especial para TP

Miembro de la Comisión Ejecutiva Nacional de la JCV

Los jóvenes –así como la mayoría del pueblo– están separados de los medios para satisfacer sus necesidades. De tal modo que la venta de su fuerza de trabajo se convierte en un punto esencial para poder subsistir. El procedimiento es bien conocido: mientras que los dueños de los medios de producción le expropian al trabajador el valor añadido que se produce socialmente y acumulan capital; éstos deben conformarse son un salario que apenas les permite regresar al día siguiente a su puesto de trabajo y preservar a su familia; o mejor dicho, garantizar la reproducción de su clase, la de los esclavos asalariados.

En este estado de cosas, el aumento de la productividad social del trabajo lejos de implicar mejoras en la calidad de vida de los asalariados, implica un aumento de la riqueza privada mientras que a la par crece la miseria.

En periodos de crisis, los capitalistas expulsan a los trabajadores de los centros de producción y se valen de triquiñuelas –con la anuencia de los gobiernos– para salvaguardar la tasa de ganancia.

Desde 2008, con el estallido de la última gran crisis de sobreproducción, asistimos al recrudecimiento de una ofensiva sin cuartel del capital contra el trabajo. En el caso venezolano, el descenso de los precios internacionales del petróleo puso fin a la ilusión de que era posible sustituir las transformaciones revolucionarias por un ingreso más o menos equitativo de la renta. Esta quimera –así como la burbuja de consumo– estalló y hoy los trabajadores, especialmente los jóvenes, están pagando las consecuencias.

Como si no bastara con el sostenido decrecimiento de la participación de los salarios en el PIB desde principios de siglo, hoy la clase obrera y el pueblo trabajador deben enfrentar un boicot sin precedentes a la distribución de alimentos, medicamentos y productos de primera necesidad.

Para completar el panorama, el Gobierno ha emprendido una abierta línea de desvalorización de la fuerza de trabajo con una nociva política de bonificación del salario. Durante el año 2016, el bono alimentario creció 844%, mientras que el salario mínimo legal sólo creció 181%. En enero de 2016 el bono de alimentación representaba 41% del ingreso mensual de los trabajadores que devengaban salario mínimo; pero para mayo ya había sobrepasado la mitad del ingreso (55%) y al cerrar el año representaba 70,2% (https://issuu.com/tribuna_popular/docs/tp_2970/6).

Participación económica juvenil

Los jóvenes no escapan de la lucha de clases. Por el contrario, la resienten con mayor dureza: padecen tasas de desempleo que duplican (y más) a los adultos; son empleados en la mayoría de los casos sin un contrato y casi la mitad carece de beneficios salariales. La sindicalización se ha vuelto algo ajeno a este sector y, ante el temor de engrosar las filas de la desocupación, se conforman con empleos que están lejos de corresponder con sus niveles de formación.

Existen diversas variables de la situación de la fuerza de trabajo juvenil y el mercado laboral de los jóvenes en Venezuela, que deberán formar parte de los debates y políticas de la Asamblea Nacional Constituyente.

Al finalizar los años 90, la tasa de participación juvenil («actividad») superaba el 50%; esto quiere decir que de cada 10 jóvenes entre 15 y 24 años, al menos cinco estaban ocupados o buscando trabajo. A partir de 2005 comenzó un paulatino descenso de este indicador y al iniciar la década en curso la actividad de los jóvenes se ubicó en 42,8%, manteniéndose estable los primeros cuatro años hasta que en 2015 bajó a 39%. El último reporte del INE (abril, 2016) registra una tasa de actividad juvenil de 35,9%.

La participación de los jóvenes en la actividad económica del país está más de 10 puntos por debajo del promedio de América Latina y el Caribe, donde se han registrado tasas de participación estables desde 2012 en torno al 60% (CEPAL, 2017, pág. 64).

Para la lectura de este indicador, el acceso a la educación juega un papel preponderante, puesto que se espera que la mayoría de los jóvenes entre 15 y 19 años se encuentren cursando estudios. De tal modo, la entrada tardía al mercado laboral suele ser valorada positivamente en la literatura especializada sobre el tema ya que implica generalmente permanencia en el sistema educativo. En efecto, entre 2010 y 2015 más de 100 mil jóvenes entre 15 y 24 años se incorporaron al sistema educativo, cerrando ese lustro con una población de 2.328.643 estudiantes.

Jóvenes doblemente excluidos

El otro componente de la inactividad tiene un marcado carácter de género. Se trata de los jóvenes dedicados a los quehaceres del hogar y, al igual que en el caso de los estudiantes, son mayoritariamente mujeres, pero la brecha es visiblemente más amplia: para 2015, de los jóvenes abocados al «trabajo doméstico», sólo 17.295 eran varones y 560.826 eran mujeres.

Tales cifras ponen de manifiesto una las características del modo de explotación capitalista: la división sexual del trabajo; es decir, la división entre el trabajo productivo y reproductivo asociado a la diferencia de sexos. En este escenario, la fuerza de trabajo femenina es confinada al trabajo doméstico no remunerado. Como veremos más adelante, este fenómeno se repetirá al analizar la tasa de desocupación.

En 2013, el porcentaje de jóvenes que estudiaba y trabajada era 11%, de acuerdo al Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la UCAB. Sin embargo, este dato se reduce a 9% en los resultados de la 2da Encuesta Nacional de Juventudes desarrollada por el antiguo Ministerio para la Juventud.

Más componentes de exclusión

Un punto crítico de la situación de los jóvenes frente al estudio y el trabajo es el caso de los llamados «ninis», aquellos hombres y mujeres que no solamente no están ocupados, sino que además no cursan estudios ni reciben capacitación alguna. «Es un grupo altamente estigmatizado y, si bien en el imaginario social su rostro es masculino y se asocia con situaciones de vagancia y delincuencia, los datos regionales demuestran que las mujeres jóvenes son las más afectadas por esta situación», reza el informe de la CEPAL titulado La matriz de la desigualdad en América Latina (2016, p. 48).

De acuerdo a este documento, Venezuela ocupa el noveno lugar entre los países de la región latinoamericana con la tasa de «ninis» más alta para las mujeres jóvenes (30,2%), y la décima posición para los varones (12,0%). Esta brecha de género no es una particularidad: en nuestra región, el porcentaje de mujeres que no trabajan, no estudian, ni se capacitan, duplica al de sus pares masculinos.

En total, en América Latina casi 30 millones de jóvenes, una de cada cinco personas entre 15 y 29 años (21%), están en esta situación. En Venezuela son 1,7 millones los jóvenes que están desvinculados tanto del estudio como del trabajo, lo que representa un porcentaje levemente superior (23%) al del resto de la región (IIES-UCAB, 2014).

El embarazo adolescente y la falta de servicios públicos de cuidado (como guarderías, por ejemplo) son algunas de las principales causas de la amplísima brecha de género en nuestro país, donde siete de cada 10 «ninis» son mujeres.

Entre los jóvenes de 25 a 29 años que no estudian ni trabajan, más de la mitad (54%) trata de iniciar un negocio propio. Esta información se complementa con los resultados de una Encuesta gubernamental de 2013 que arrojó que un 93% de los entrevistados respondió de forma positiva a la pregunta «¿te gustaría emprender un negocio propio?».

La doble exclusión es superior entre los jóvenes provenientes de los sectores populares. De hecho, 36% de los «ninis» pertenecen al quintil más pobre de la población, mientras que sólo 11% proceden de la clase social y capas que se apropian del excedente de la riqueza socialmente producida.

El mercado laboral juvenil

Actualmente, la tasa de ocupación juvenil en Venezuela es de 83,2% (INE, 2016). Se trata del porcentaje más bajo desde el inicio de esta década, cuando 82,7% de la población activa con edades comprendidas entre 15 y 24 años declaró estar trabajando.

Las peculiaridades de la transición de la esfera de los estudios a la del trabajo merecen especial atención. Se ha dicho que el aumento de la inactividad se debe primordialmente a la permanencia de los jóvenes en el sistema educativo. Ahora bien, en contraposición están aquéllos que ingresan tempranamente al mercado laboral. Este fenómeno tiene un evidente carácter de clase: 8 de cada 10 jóvenes de los que se iniciaron en la venta de su fuerza de trabajo antes de los 18 años provienen del quintil más pobre de la sociedad y la mitad de ellos aún no habían culminado el bachillerato cuando ingresaron al mercado laboral (IIES-UCAB, 2014).

ENJUVE 2013 arrojó que existen alrededor de «650 mil jóvenes que solo completaron la primaria o menos, de los cuales casi 7 de 10 son económicamente activos. Se trata de un sector de intensa participación laboral y muy baja preparación».

Para los jóvenes provenientes de los sectores populares, el ingreso al mercado laboral está marcado por la urgencia de convertirse en un factor de apoyo económico en sus hogares. Su entrada al mundo del trabajo, precedido de un ciclo educativo incompleto, los condena a emplearse en condiciones precarias y en sitios de alta rotación de personal, siendo propensos a formar parte prematuramente del ejército de reserva de los capitalistas e instrumentos útiles para el abaratamiento de la mano de obra.

¿Existe un trabajador rico?

En la bibliografía especializada sobre la situación de la fuerza de trabajo siempre se ha mostrado una especial preocupación por los «trabajadores pobres», es decir, por aquellos trabajadores «en situación de pobreza». Con orgullo, los más recientes informes de la OIT celebran que «en los últimos veinte años, el porcentaje de trabajadores jóvenes en situación de pobreza ha disminuido de manera ininterrumpida» (Perspectivas sociales y del empleo en el mundo 2016: Tendencias entre los jóvenes, 2016, pág. 9).

La categoría del «trabajador pobre» y el fenómeno de los «bajos ingresos» son la trampa retórica perfecta para encubrir el hecho fundamental sobre el que se erige el sistema de explotación vigente: la producción social de la riqueza y la apropiación privada de ésta.

Al abordar los niveles de ingresos de los jóvenes trabajadores entre 2005 y 2011, la OIT despacha el estallido de la crisis capitalista en 2008 como punto de quiebre y asegura que el menor crecimiento salarial registrado ese año correspondió a «un repunte de la inflación, como resultado de los aumentos en los precios internacionales de los alimentos y el petróleo» (Trabajo decente y juventud en América Latina. Políticas para la acción, 2013, pág. 73).

Lo que no dice la OIT es que a partir de ese año se recrudeció la ofensiva del capital contra el trabajo para salvaguardar la tasa de ganancia. Sin embargo, en Venezuela, la incidencia de empleos de «bajos salarios» entre los jóvenes de 15 a 24 años se redujo, de 45,6% en 2005 a 38,5% en 2011.

A pesar de este dato «positivo» (como es sabido los asalariados apenas perciben la cantidad de medios de vida necesarios para subsistir), en líneas generales la «calidad» de los empleos entre los jóvenes es peor que entre los adultos. Para 2011, la mayoría de los jóvenes venezolanos (93,8%) percibía sólo hasta dos salarios mínimos. Dentro de este grupo, 44,9% devengaba un salario mínimo.

Empleos precarios

En América Latina, casi cinco de cada diez jóvenes se emplean en trabajos de baja productividad. En nuestro país, 29% de las y los trabajadores entre 15 y 29 años se ocupan como vendedores y trabajadores de cuidados personales, mientras que otro 18% desempeña trabajos no calificados. De modo que 47% de los jóvenes trabajadores venezolanos se hallan empleados en puestos de baja calificación (IIES-UCAB, 2014). Apenas 10% ejerce como profesional y 7% como técnico.

El confinamiento de la juventud al sector de servicios es fruto de la división internacional del trabajo y el precario desarrollo industrial del país. En efecto, solo 5% de los jóvenes están ocupados como obreros en el sector público y 11% en el privado. Por otra parte, los jóvenes que trabajan por cuenta propia conforman el mayor grupo de la población activa ocupada (30%).

Las condiciones laborales son francamente precarias: 38% de los jóvenes venezolanos entre 15 y 29 años trabajan en el sector informal de la economía. Aunque este indicador está por debajo del promedio regional (47%), el porcentaje sube hasta 51% entre los jóvenes que cuentan con menos de 20 años.

La mitad de los asalariados jóvenes asegura poseer contrato pero no percibir beneficio laboral alguno, mientras que casi la otra mitad (45%) carece de contrato. En este panorama que bien podría ser propicio para la lucha reivindicativa, nos encontramos con que nueve de cada diez jóvenes trabajadores no están afiliados a ningún sindicato o no les interesa la actividad sindical.

Contradicciones del sistema

Los jóvenes representan 15% de la mano de obra en el mundo. De ellos, 35% están desempleados. En América Latina, la OIT proyecta que para 2017 asciendan a 9,3 millones de jóvenes. El 2016 cerró con una tasa regional de 16,8% de desocupación juvenil; justamente el mismo porcentaje registrado en el último boletín emitido por el Instituto Nacional de Estadística.

Las explicaciones sobre las causas del desempleo juvenil suelen oscilar entre las que se concentran en aspectos demográficos y las que priorizan los vínculos de los jóvenes con la educación. Las primeras esgrimen que el ritmo de crecimiento de la población juvenil es superior a la capacidad del mercado laboral para absorberla; las segundas apelan a un desajuste entre las cualificaciones necesarias para ocupar los puestos de trabajo y las que poseen los jóvenes.

Es claro que en ambos casos se soslaya lo esencial del fenómeno, a saber, la imposibilidad de este sistema para garantizar el desarrollo pleno de las fuerzas productivas. Entre los jóvenes esto queda comprobado con crudeza: la tasa de desempleo juvenil suele duplicar a la tasa general de desocupación.

Los años recientes han dado al traste con la popular teoría del «capital humano», que desde los años 60 aseguraba que un más alto nivel de estudios traería consigo una mayor productividad y por consiguiente mayores ingresos. Hoy la propia CEPAL se ha visto obligada a reconocer que esta generación tiene mayores niveles de educación, pero que son pocas las oportunidades de trabajo que correspondan a la formación de los jóvenes.

La razón es sencilla: hay un divorcio entre los planes nacionales de desarrollo, el mercado laboral y el sistema educativo. Los «platos rotos» de este desajuste los pagan los jóvenes, especialmente las mujeres, cuyas probabilidades de estar desempleadas son superiores a las de sus pares masculinos.

Organizados somos invencibles

La labor de organización de los jóvenes en sindicatos y corrientes clasistas es una tarea de primer orden para emprender la lucha por sus derechos con perspectivas de poder para los trabajadores.

Demandamos el reconocimiento del régimen especial de permanencia para los jóvenes, con garantía de horarios flexibles de trabajo que les permitan ejercer su derecho al estudio, sin menoscabo del salario o impedimento a la sindicalización.

Rechazamos la exigencia de la experiencia laboral previa para poder acceder al primer empleo. Los jóvenes deben gozar del derecho a un primer empleo sin condicionamientos, con garantía de inserción efectiva en el mundo laboral y capacitación permanente para el trabajo práctico.

Exigimos la eliminación del «período de prueba» y el establecimiento de sanciones rigurosas a las empresas que violenten el derecho de los jóvenes a la estabilidad laboral.

Demandamos una legislación que reconozca la obligatoriedad del pago de las pasantías en relación a las horas trabajadas o al producto del trabajo realizado.

Exigimos la creación de Inspectorías del Trabajo especiales que se ocupen de los casos de flexibilización laboral, ausencia de organizaciones gremiales y vulneración de los derechos de los jóvenes trabajadores en los sectores de comercio y servicios.

https://issuu.com/tribuna_popular/docs/tp_2980/5

https://issuu.com/tribuna_popular/docs/tp_2981/4

https://issuu.com/tribuna_popular/docs/tp_2982/6

https://issuu.com/tribuna_popular/docs/tp_2983/6

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