El sindicalismo venezolano en crisis


MARIANO VIVANCOS. Especial para TP

Militante del PCV en Mérida

 

La historia universal ha demostrado que las organizaciones sindicales son instrumentos imprescindibles en el combate de la clase trabajadora por sus derechos. De la fortaleza, coherencia, claridad programática y unidad de los sindicatos depende en muy buena medida el éxito de las luchas hacia mejores condiciones laborales y socioeconómicas.

Pero la realidad de hoy en Venezuela es que para la inmensa mayoría de las y los trabajadores, campesinos y sectores populares la práctica sindical está ampliamente desprestigiada, especialmente por el actuar de dirigentes sindicales corruptos, entreguistas y desclasados que nos «representan» ante los patronos, sean estos privados o del sector estatal. La representación de estos «sindicaleros» daña profundamente a los sindicalistas y organizaciones que sí tienen planteamientos consecuentemente clasistas.

Además, gran parte de esos sindicaleros pertenecen a la central sindical oficialista, los cuales con frecuencia no han sido elegidos limpiamente o han sido designados a dedo, y emplean toda clase de trucos para demorar u obstaculizar el desarrollo de nuevas elecciones para su renovación o sustitución.

Asimismo, hay que tener en cuenta que dentro de todas las instituciones gubernamentales sólo la minoría de sus directivos y trabajadores son revolucionarios, y estos pocos son arrinconados, perseguidos, lesionados en el desarrollo de sus carreras profesionales, hostigados hasta su renuncia.

 

Complicidad y represión

Los sindicaleros a menudo son cómplices ante el incumplimiento generalizado de la legislación laboral, tanto en entes y empresas del Estado como en empresas privadas, que es consentido por los organismos gubernamentales reguladores del trabajo que deberían hacerla cumplir. Adicionalmente, son los beneficiarios de la práctica gubernamental de demorar y obstaculizar la legalización de organizaciones sindicales alternativas a las del sindicalismo oficialista, con lo que se viola el derecho constitucional a la libertad de afiliación sindical.

Lejos de tener «patria socialista», seguimos viviendo en la sociedad capitalista, con todas sus estructuras de poder intactas. La economía sigue siendo de puerto, rentista y monoproductiva, en manos de mafias corruptas, empresarios parásitos y grupos enquistados en las administraciones públicas vestidos de «rojito», más interesados en sus negocios que en cumplir de forma eficiente y eficaz con sus responsabilidades políticas o profesionales.

Otro factor a tener en cuenta a la hora de analizar la situación es la represión, en sus varias vertientes, contra el sindicalismo genuinamente clasista y revolucionario. Esta represión militar, policial y civil va en aumento en la medida en que las respuestas y reivindicaciones clasistas se recrudecen, como estamos viendo últimamente en varios estados, sectores de la producción y servicios. Se manifiesta en los continuos despidos, amenazas, detenciones arbitrarias, secuestros judiciales, forjamientos de causas policiales, desapariciones y hasta asesinatos impunes, para poner freno a las críticas, denuncias y luchas de las y los trabajadores, campesinos y movimientos sociales.

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