Memoria

Las ensenañzas de la Comuna de París para nuestras luchas de hoy


El París de los obreros, con su Comuna, será eternamente ensalzado como heraldo glorioso de una nueva sociedad. Sus mártires tienen su santuario en el gran corazón de la clase obrera.

Carlos Marx, “La Guerra Civil en Francia”

Por Carolus Wimmer*. «Le temps des cerises» – «El tiempo de las cerezas». Este es el nombre de una de las canciones folclóricas más populares de Francia, compuesta en 1866. Originalmente era una canción de amor llena de anhelo y dolor por el paso de la juventud. Sin embargo, pocos años después de su publicación, se convirtió para muchos en Francia en un himno y en un obituario de una revolución fallida, en gran medida pacífica, en la primavera de 1871, ya que tuvo lugar en París lo que pasó a los libros de historia franceses como la «semaine sanglante«, la llamada Semana de la Sangre.

La Comuna de París había vivido sólo 71 días, desde el 18 de marzo de 1871 hasta los últimos tiroteos del 28 de mayo, cuando en una orgía de violencia, planificada con todo el odio de clase por la vieja monarquía y la nueva burguesía, varios miles de hombres y mujeres, en su mayoría de la clase trabajadora, artesanos, intelectuales y las capas más bajas de la sociedad parisina, fueron encarcelados, torturados y ejecutados sin juicio, deportados a Nueva Caledonia y cubiertos de insultos por muchos «grandes escritores franceses», incluso los considerados «republicanos», Gustave Flaubert, Emile Zola, etc.

Durante casi dos meses antes de este violento final, el pueblo de París había intentado crear un orden social más justo en él que los más desfavorecidos también participaran en el poder político. Un intento que se convertiría en un acontecimiento decisivo en la historia del movimiento obrero.

Parece asombroso que este evento fugaz en la historia de Francia todavía se conmemore hoy, incluso en nuestro país, en Venezuela y, sin duda, en todo el mundo.

Qué queda de la Comuna de París 150 años después

¿Qué queda de la Comuna de París 150 años después; después de dos guerras mundiales y muchas décadas de experimentos socialistas unos victoriosos y otros dramáticamente derrotados por la contrarrevolución? Quizá el homenaje más acertado sea el del historiador francés Alain Gouttman. “Los comuneros”, escribe en su obra La Grande Défaite: 1870-1871 (La Gran Derrota), “pueden haber sido derrotados, pero en la memoria colectiva encarnaron algo grande, quizás incluso lo más grande de todo: la idea de una sociedad en la que la justicia, la igualdad y la libertad ya no eran palabras vacías. ¿Una utopía? Una gran esperanza, en todo caso, que los superó con creces….”

La Comuna de París fue una fase revolucionaria breve, al ser derrotada por la contrarrevolución, pero esta experiencia fue lo sobradamente ilustrativa como para constituir un hito cardinal en la formación de la teoría marxista del Estado. En el “Manifiesto del Partido Comunista» (1848) Carlos Marx y Federico Engels habían formulado:

a) la base objetiva de la revolución proletaria, referida a la contradicción progresiva entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción capitalistas;

b) la materialización de esta contradicción determinante en la lucha de clases y razón por la que ésta era motor de la historia de las sociedades divididas en clases sociales, y

c) el principio metodológico fundamental por él que se afirma que las teorías marxistas no son utopías, sino “la expresión del conjunto de las condiciones reales de la lucha de clases existente, del movimiento histórico que se está desarrollando ante nuestros ojos.

Y justamente atendiendo a este principio metodológico fundamental, Marx demuestra en el ejemplo práctico de la Comuna, que se hace necesario la destrucción de la máquina burocrática-militar del Estado y la conquista del poder político por el proletariado.

En dos comunicados del Consejo General de la Asociación Internacional de Trabajadores, la Primera Internacional, fundada en 1864, Marx analiza la insurrección comunal de París, junto a la guerra franco-prusiana (1870), que integran su trabajo “La Guerra Civil en Francia”. El privilegiado conocimiento de la historia revolucionaria de Francia que tenía Marx y, en particular, del régimen bonapartista, que es él que se derrumba en esa coyuntura bélica, y del que ya había dado una buena muestra en su libro “El 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852), explica, porque Marx pudo presentar un discurso sobre la Comuna de París en el Consejo General de la AIT, tan sólo dos días después de haber sucumbido la revolución comunal.

En 1891, Federico Engels escribe en su prólogo a “La Guerra Civil en Francia, que Marx esboza la significación histórica de la Comuna de París, en trazos breves y enérgicos, pero tan precisos y sobre todo tan exactos que no han sido nunca igualados en toda la enorme masa de escritos publicados sobre este tema. Sin duda los sucesos históricos de la Comuna de París, validan la teoría de la lucha de clases, y aportan valiosas enseñanzas para la doctrina marxista del Estado.

La Comuna de Paris relata la historia de una de las primeras revoluciones proletarias

La Comuna de París, que describió Prosper-Olivier Lissagaray, quien fue un periodista francés republicano y socialista independiente, conferencista y miembro de la Comuna de París en 1871, relata la historia de una de las primeras revoluciones protagonizadas, de principio a fin, por el pueblo, es decir, por las mujeres, hombres, niños, trabajadores y trabajadoras que habitan la ciudad de París, en 1871. En pocas palabras, por la gente común y corriente que constituye el corazón y la fuerza de todo pueblo.

Se trata de una revolución que no fue hecha en nombre de un pueblo ausente, idealizado, representado por esos otros que pretenden saber dónde está su bien y actúan en su nombre para alejarlo cada vez más del poder, utilizándolo para alcanzar los ideales o intereses de un puñado de intelectuales, de burgueses, de oligarquías o de tecnócratas. La Comuna de París nos cuenta la historia de una revolución en que cada momento es protagonizada, elaborada, pensada por el pueblo, es una revolución social en la que el pueblo es actor directo de su propia transformación.

En definitiva, el estudio de la Comuna de París nos trasmite la emoción de un pueblo que luchó hasta la muerte por defender una idea tan simple y tan pura, que sigue hoy tan problemática como lo fue entonces para las élites en el poder: La Comuna es la base de todo Estado. Aserción cristalina cargada de potencia subversiva, en la cual se encuentra la esencia de lo que constituye el verdadero poder popular, directo y protagónico.

El poder de auto-administrarse y de auto-gobernarse

La Comuna de París constituye de hecho una de las primeras encarnaciones históricas de gobierno popular, constituye la célula orgánica del edificio estatal, la base a partir de la cual y para la cual éste se desarrolla.

La Comuna de París, como reivindicación directa, exigió el control real y directo, el poder de auto-administarse y de auto-gobernarse; exigió la verdadera soberanía del pueblo, tal como lo expresa en su Declaración del 19 de abril 1871:

“¿Qué pide París?”, decía ésta. “El reconocimiento y la consolidación de la República. La autonomía absoluta de la Comuna, extendida a todas las localidades de Francia. Los derechos inherentes a la Comuna son: el voto del presupuesto Comunal; el señalamiento y reparto del impuesto; la dirección de los servicios locales; la organización de su magistratura, de su política interior y de la enseñanza; la garantía absoluta de la libertad individual, urbana y de la Guardia Nacional; que la Comuna se encargue exclusivamente de asegurar y vigilar el libre y justo ejercicio del derecho de reunión y de prensa. Nada más quiere París A condición de que vuelva a encontrar en la gran administración central, delegación de las Comunas federadas, la realización y la práctica de los mismos principios”.

Toda revolución se inicia con un punto de ruptura: ¿cuál fue el detonador de la Comuna? Resumamos en pocas palabras los hechos que precipitaron este memorable momento histórico.

En marzo de 1871, los alemanes vencedores de la guerra contra Francia, iniciada en julio de 1870 por Napoleón III, rodean París. La proclamación de la República, el 4 de septiembre de 1870, consecuencia del derrumbe político, económico y estratégico del Segundo Imperio, no impide que la Asamblea francesa, electa el 8 de febrero de 1871, siga siendo mayoritariamente monárquica. El nuevo gobierno supuestamente republicano encabezado por el Primer Ministro Adolphe Thiers, concluye una amnistía el 29 de enero, ratificada por la Asamblea el 1 de marzo, contra la voluntad claramente expresada de los parisinos, pagando un alto tributo al invasor extranjero: una fuerte suma de dinero y la entrega de varias regiones sel norte de Francia, que pasan a ser parte de Alemania.

Pero ahí no acaba la capitulación de Francia: el gobierno seudorrepublicano reprime a París, una ciudad acosada por el hambre y la miseria de los últimos meses de asedio, y decide el 18 de marzo de 1871 quitarle al pueblo parisino los cañones compradas gracias a la cotización patriótica.

Este es el punto de no retorno. Ahí empieza la rebelión popular que pocas horas después ya habrá tomado la figura de una verdadera revolución. Hombres, mujeres y niños rodean los cañones, confraternizan con los soldados y, de manera pacífica, los recuperan.

En estos días de marzo de 1871 empieza un acontecimiento que durará solamente dos meses, y que sin embargo dará la vuelta al mundo, marcando para siempre las conciencias.

La primera acción de la Comuna marca el tono: el Comité Central de la Guardia Nacional, que acaba de tomar el poder ese mismo 18 de marzo de 1871, pretende entregárselo a los parisinos lo más rápido posible. El Comité no se considera gobierno revolucionario, sino el agente que permite al pueblo de París afirmar su voluntad. Su primera medida, el día siguiente, es decir el 19 de marzo, será llamar a elecciones libres para darle al pueblo de París el ejercicio real y concreto de su soberanía recientemente recuperada.

Principales medidas revolucionarias

En este corto tiempo supo poner en marcha lo que serían los principales ideales de la revolución social, poniendo siempre como célula de base del Estado a la comuna, en el centro de la construcción de una práctica revolucionaria autónoma y justa. Es decir, que siempre abogó por el despliegue y la acción concreta de una soberanía colectiva que no se pensara a partir de un modelo individualista, basado dogmáticamente en los derechos inalienables de cada uno, sino que al contrario se elaborara como proyecto comunal, fundado en los derechos de todos, es decir, como proyecto meramente ético y político.

Sus principales medidas revolucionarias, marcarían para siempre la historia de Francia y las conciencias revolucionarias del mundo entero. Decretó la enseñanza laica, gratuita e integral, el mejoramiento del régimen de cárceles, la separación de la Iglesia y del Estado, la prohibición del trabajo nocturno, la emancipación y organización de las mujeres, la autogestión de las empresas, la organización en el plan comunal de la policía y del ejército, la expropiación de los medios de producción no utilizados a favor de cooperativas obreras, la integración de los extranjeros, la organización de la ciudad en comisiones, subcomisiones y consejos comunales.

Es decir, que llamó al reconocimiento y consolidación de la República, pero de una República ya no más elitista y centralizada, de una República fruto de la federación de todas las comunas de Francia.

Errores y contradicciones

Pero no nos olvidemos lo que expresó el propio Prosper-Olivier Lissagaray en su libro. Lo que da ese relato su valor inigualable, su valor eminentemente crítico y reflexivo es, que este testimonio no transmite únicamente los acontecimientos revolucionarios ejemplares de la Comuna de París que acabamos de enumerar, sino que nos permite apreciar también cuáles fueron sus principales errores y contradicciones, dándonos así las verdaderas claves para poder construir nuestros propios análisis.

Engels resume el fundamento de la ruptura revolucionaria planteado por el gobierno de la Comuna al decir: La Comuna tuvo que reconocer desde el primer momento que la clase obrera al llegar al poder, no puede seguir gobernando con la vieja máquina del Estado; que para no perder de nuevo su dominación recién conquistada, la clase obrera tiene, de una parte, que barrer toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella y, de otra parte, precaverse contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos sin excepción, revocables en todo momento.

La asamblea de la Comuna de Paris no evitó las luchas sectarias, ni los impases propios al ejercicio de un poder que, queriendo ser realmente popular, tuvo que enfrentarse a las contradicciones de gobernar sin despojar de su poder al verdadero soberano, al pueblo. Ella se planteó la difícil tarea de dar forma a un proyecto revolucionario que, por ser espontáneo y del hecho mismo del pueblo, tenía lineamientos generales, mas no un programa particular claramente establecido. La Comuna tuvo que consagrarse a la difícil tarea de dar vida a la verdadera voluntad colectiva, es decir a la voluntad de todos, sin caer en luchas fratricidas.

Las enseñanzas de la Comuna

Al reproducir el manifiesto del Comité Central de la Guardia Nacional del 18 de marzo, en el que afirman que los proletarios de París toman en sus manos la dirección de los asuntos públicos y consideran un deber y un derecho hacerse dueños de su propio destino, tomando el Poder, Carlos Marx agrega: Pero la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está, y servirse de ella para sus propios fines. Y pasa a argumentarlo, explicando el origen y la evolución histórica del Estado en poder de la burguesía. El poder estatal centralizado con sus órganos omnipotentes: el ejército permanente, la policía, el clero y la magistratura -órganos creados con arreglo a un plan de división sistemática y jerárquica del trabajo-, procede de los tiempos de la monarquía absoluta, y sirvió a la naciente sociedad burguesa como un arma poderosa en su lucha contra el feudalismo. Ese poder estatal evoluciona en un sentido antagónico hasta convertirse en una máquina de guerra contra la emancipación del trabajo, a medida que se desarrolla la moderna industria, y adquiere cada vez más un carácter puramente represivo. En Francia, lo ilustra el paso de la maquinaria estatal de unas fracciones de las clases dominantes a otras, en hostilidad directa y creciente a la clase obrera: La revolución , al traducirse en el paso del gobierno de manos de los terratenientes a manos de los capitalistas, lo que hizo fue transferirlo (el poder del Estado) de los enemigos más remotos a los enemigos más directos de la clase obrera. Los republicanos burgueses que se adueñaron del Poder del Estado, en nombre de la Revolución de Febrero (1848), lo usaron para las matanzas de junio, para probar a la clase obrera que la república social es la república que asegura su sumisión social, y para convencer a la masa monárquica, de los burgueses y terratenientes, de que pueden dejar sin peligro los cuidados y los gajes del gobierno a los republicanos burgueses.

También Vladimir I. Lenin insiste en su obra Estado y Revolución, tomando como referencia la experiencia de la Comuna de Paris, que “La revolución no debe concluir con que una nueva clase gobierne con la ayuda de la vieja maquinaria del Estado, sino en esto: que después de haberla roto, este gobierno mande con ayuda de una maquinaria nueva. Esta nueva maquinaria consiste en la participación directa de la inmensa mayoría en todos los asuntos de la gestión pública: así, el pueblo en armas sustituirá al ejército y estas milicias populares (cuya manifestación inmediata son los soviets) deberán asegurar el orden, vigilar la salud pública y combatir la crisis económica con el servicio obligatorio del trabajo”.

150 años después, las enseñanzas de la Comuna de París están presente en Venezuela con las contradicciones que vivimos en esta etapa entre quienes desde el poder se empeñan en dar continuidad al Estado burgués y capitalista, y quienes aún defienden la construcción de un modelo alternativo, de justicia social y que otorgue verdadero poder a los obreros y campesinos.

Lo que tenemos que rescatar de la Comuna de París no es una forma petrificada o estereotipada de la revolución sino, al contrario, el impulso entusiasta de un pueblo que supo advertir y frenar la república burguesa que estaba consolidándose, que logró derrotar para siempre la confianza de los que creen que el pueblo puede ser callado con migajas de la democracia burguesa. Lo que hay que celebrar entonces de la Comuna, más allá de sus impericias y sus desventuras, es su real y actual potencia revolucionaria.

La Comuna de París hizo de la participación popular una práctica cotidiana basada en un rehacer y una reelaboración de las identidades que conforman ese estar juntos propio de toda ciudad y de sus comunas, a partir de una apertura meramente integracionista. Es decir, que delineó el cuadro de lo que constituye hoy día el horizonte de todo proyecto que ve en la democracia participativa el único camino hacia la revolución proletaria y socialista-comunista, a partir de la reapropiación del poder popular por el mismo.

*Carolus Wimmer es el Secretario de Relaciones Internacionales del Comité Central del PCV. La versión original de este texto fue publicada a propósito de los 150 años de la Comuna de París en Unidad y Lucha, revista del Partido Comunista de los Pueblos de España.

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