Armiche Padrón Suárez
Como nunca, hoy se reafirma la vigencia y posibilidad de la revolución mundial proletaria, al calor no sólo de las condiciones objetivas que se desarrollan (la amplia proletarización de las masas trabajadoras de la ciudad y del campo; el exponencial desarrollo científico-técnico y sus efectos sobre la tendencia decreciente de la ganancia en el corazón de la producción capitalista; el desarrollo vertiginoso de las telecomunicaciones y las condiciones reales para avanzar sustancialmente en la planificación social y el reparto del producto social), sino que también creemos que la vigencia, posibilidad y necesidad de la revolución comunista están explicadas por el marxismo-leninismo de manera científica.

Hoy, cuando la «desorientación» cabalga en el seno de los partidos comunistas y obreros del mundo, como producto del oportunismo y del triunfo –aun no superado por muchos– de la contrarrevolución en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, se vuelve imprescindible desempolvar el pensamiento de Lenin de tanto oportunismo, sea de derecha o de izquierda, no sólo en sus principios fundamentales, sino en sus análisis científicos, para emplearlos como guía para la acción revolucionaria que permita enfrentar la complejidad del momento histórico y avanzar en el logro del triunfo proletario.
Mientras dejemos que Bernstein siga reviviendo al calor de las tesis burguesas (hoy disfrazadas como «posmodernas»), la tan cacareada «crisis del marxismo» sólo será el antifaz de las limitaciones reales de los marxistas-leninistas para sacudirse el polvo de las «renovaciones» tan requeridas por los enemigos de clase.
Con Lenin aprendemos que en la correlación de fuerzas que se desarrolla en la lucha de clase «reside la médula del marxismo» (1918). Por tanto, estamos hablando de una condición más allá de la razón y de la moral. Con Lenin aprendemos la necesidad de caracterizar, organizar y dirigir el ejército proletario; pero nos obliga también a caracterizar de manera correcta al enemigo, siempre con el cuidado de no transformar el criterio de «fuerza» en «un fetiche», siendo «incapaces de reflexionar sobre su contenido real y concreto» (1921).
Por ello la necesidad de lanzar una ofensiva, no sólo teórica, sobre la vigencia, la importancia y el papel de la categoría imperialismo, tan golpeada por la burguesía y manoseada por los teóricos pequeñoburgueses, devenidos en vetustos arlequines que levantan banderas ante la supuesta aparición de un «imperio».
Imperio versus imperialismo

El problema entre «imperio» e imperialismo no es semántico: es político. El término «imperio» tiene por objetivo despojar al análisis de la fase final del capitalismo, de su carácter científico; servir de puente para sobredimensionar la geopolítica y olvidar el materialismo histórico, centrando el análisis en los intereses, naturaleza y política exterior de las potencias capitalistas y no en la dialéctica del proceso real capitalista: el imperialismo.
Las condiciones subjetivas para que este contrabando ideológico impere van desde las lecturas dogmáticas de Lenin sobre el fenómeno, que terminan conduciendo al cansancio del espíritu pequeñoburgués de quienes «sienten» que aún el imperialismo es fuerte y no posee contendiente; hasta esa necesidad de «actualizar», de «academizar» el discurso, para que sea potable a las masas y así se transforme en un discurso metafísico alejado de la realidad que pretende combatir.
Vivimos el peor momento histórico del movimiento obrero y por tanto del movimiento comunista internacional; subyugados a la malcriadez del espíritu pequeñoburgués que ansía una jefatura improbable con las tácticas vigentes. El capitalismo está robusto, cierto; pero la debilidad del proletariado no es ni definitiva, ni estructural, ni endémica. No es una debilidad ontológica, sino un hecho histórico, relativo. Por tanto, la debilidad del marxismo es relativa; lo que nos obliga a retomar principios y actuar con base a ellos, devolver al proletariado su identidad como sujeto histórico; desvanecida en luchas estériles que la izquierda en general –y no pocos comunistas en particular– se empecinan en criar, siendo impropios a la estrategia y objetivos históricos: consolidar la dictadura del proletariado y preparar las condiciones para avanzar en hacia una fase socialista, con el horizonte puesto en la sociedad comunista.
El proletariado pudo cambiar su aspecto, sus vestimentas, sus modas; pero ello solo expresa la diversificación a la que es sometido como producto de la naturaleza de fragmentación-especialización del capitalismo, y no como pretenden la burguesía y sus acólitos pequeñoburgueses –desde el posmodernismo y sus variantes legítimas (la decolonialidad, por ejemplo)–, quienes venden la idea de nuevos sujetos que sustituyen al proletariado cuando en verdad son figuras proletarias o capas en proceso de proletarización que sueñan en liberarse del oprobioso destino que les depara el capitalismo.
Lecciones de «lógica» leninista

El contexto internacional en el cual Lenin escribe El Imperialismo, fase superior del capitalismo está macado por altos niveles de complejidad. El traslado mecánico de esas contradicciones a la actualidad no es marxista, ni leninista, ni dialéctico.
Debe prevalecer la «lógica leninista»: determinar, en primer lugar, el tamaño, la fuerza y las debilidades del enemigo. Entender que el mismo no es homogéneo en razón del carácter desigual e interdependiente de la cadena imperialista, y que la labor del proletariado, en función de la acumulación de fuerzas, dependerá no pocas veces de azuzar esas contradicciones, esas particularidades en el seno del imperialismo.
Es por ello que con razón Lenin planteaba que «debemos distinguir cuidadosamente, en nuestra agitación, entre la burguesía progresiva y la autocracia feudal; debemos destacar siempre el gran papel revolucionario de la guerra histórica en la que involuntariamente participa el obrero» (1905).
Transformar las contradicciones interimperialistas de hoy en día en revolución comunista es la tarea de cualquier marxista-leninista; particularmente en un momento en el que el ciclo de expansión del capitalismo –basado en la financiarización– demuestra su agotamiento y la expresiones de dominación burguesa llegan a su crisis total, dando paso al surgimiento de «alternativas» adaptadas a los nuevos tiempos: el avance de la ultraderecha a nivel mundial demuestra lo inútil de querer «edulcorar» los principios del marxismo-leninismo.
Pareciera que el avance de la reacción es indetenible y que no hay contraparte. Pero la clase trabajadora cuenta con una concepción del mundo: el marxismo-leninismo; con una forma de organizar la producción, su reparto y así aumentar los niveles de bienestar social: la dictadura del proletariado; y con un instrumento para organizar las luchas: el partido revolucionario.
Liberemos a Lenin del oportunismo y que de nuevo vuelva a ser el líder de las masas trabajadoras de la ciudad y del campo.
Armiche Padrón Suárez, Director de la Escuela Nacional de Cuadros del Comité Central «Olga Luzardo» del Partido Comunista de Venezuela.
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