¿Cómo reconocer a un revisionista en el siglo XXI? (I)


Por: ARMICHE PADRÓN. Especial para TP

 

La lucha ideológica que desde el siglo XIX libra el marxismo contra el revisionismo, no ha concluido. Mantiene vigencia a tal punto que hoy en día es rutinario ver, oír y leer los planteamientos revisionistas en TV, radio, periódicos, “redes sociales”, políticas gubernamentales y discursos políticos –no sólo de eso que llaman oposición, ya que la MUD no es el único espacio contrarrevolucionario, aunque sí el más rastrero y lacayuno que hemos conocido en 200 años de existencia republicana–.

Lenin demostró tres formas primarias con las cuales el revisionismo se expresa: en términos filosóficos, en términos de economía y en términos políticos. Veamos hasta qué punto siguen vigentes dichos planteamientos, es decir, veamos si los observamos hoy en día; de ser cierto, estamos en presencia de un revisionista.

Filosóficamente, el revisionismo se basa en Kant y grita a toda voz que el materialismo ha sido refutado, y que por tanto la dialéctica, revolucionaria y violenta, debe ceder el paso a la simple y pacífica “evolución” de las cosas. Esto a partir del coqueteo, no siempre indirecto, con la religión y demás formas idealistas del pensamiento, que los lleva a resaltar el papel del individualismo (el líder) y la premisa de que “Dios proveerá” ante cualquier dantesca e inconveniente dificultad.

De ahí que al revisionista le resulte más fecundo y fácil situar siempre las culpas fuera de su mundo real, antes que partir del análisis de sus debilidades, errores y vicios cometidos en su aventura “humanista” (sesgo del revisionismo moderno, heredado de la teología decimonónica de que Dios guía sus pasos contra los malvados materialistas dialécticos).

La segunda variante matizada por Lenin, en Marxismo y revisionismo (1908), es cómo se expresa el revisionismo en materia de economía, negando que la concentración y el desplazamiento de la pequeña producción por la gran producción se da en todos los sectores de la economía capitalista, incluyendo en el sector campesino. Esto los lleva a empujar al campesinado a asumir el punto de vista de los propietarios (la burguesía), al igual que con el resto de las capas medias: de ahí que el concepto de “emprendedor” disfraza a esas capas medias explotadas, alimentándoles el alma con la perspectiva de que con un pequeño crédito y el apoyo de fundaciones filantrópicas del sector privado o instituciones del Estado, en menos que viene una nueva elección, se sentarán en la mesa de Mendoza y Cisneros a debatir sobre estado financieros… el revisionista grita ¡Viva la pequeña producción campesina! ¡Viva el huerto urbano en la azotea! ¡Viva el campesino pobre, pero dueño de sus miserias! ¡Atrás con los avances de la ciencia que golpean nuestra cultura centenaria!

De igual manera, el revisionista, el de ayer y el de hoy, el de Europa y el de América Latina, asume que los cartels y los trusts (los privados y los públicos) logran que las crisis del capitalismo sean cada vez más raras y superficiales, puesto que son capaces de atenuar las contradicciones de clase. Así el revisionista pasa del discurso privatizador al discurso nacionalizador con el desparpajo inmoral, increíble pero natural que le da su convicción antimaterialista.

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