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Lenin y la herencia de la lucha revolucionaria


vladimir-ilich-lenin_001Por: Ricardo Costa (*)

Tribuna Popular TP / OPINIÓN.- Este 21 de enero de 2014 se cumplieron 90 años de la muerte de Vladimir Ilich Ulianov, llamado Lenin; sin duda la mayor figura histórica del siglo XX por haber sido el líder principal de la Revolución Socialista de 1917 en Rusia, el mayor acontecimiento del siglo pasado.

La Revolución Bolchevique sacudió las estructuras de la sociedad capitalista al inaugurar la primera gran experiencia socialista de la historia y rondar las mentes burguesas como un fantasma, recordándoles siempre que la victoria de los trabajadores contra el Estado capitalista se había transformado en una realidad en un país y en una posibilidad amenazadora en el resto del mundo.

Este era el ejemplo que faltaba a los trabajadores de todos los países para animar las luchas contra la explotación capitalista en favor de la alternativa socialista. Ciertamente en el proceso de construcción del Estado soviético fueron experimentadas incontables dificultades, muchos errores fueron cometidos y, debido a la conjunción de varios factores, esta experiencia acabó derrotada al final del siglo XX, queda para la historia la herencia de los muchos aciertos en la tentativa de edificación de un poder genuinamente obrero y, encima de todo, queda la herencia del pensamiento y las acciones de Lenin cuya obra teórica y política tiene mucho que decirnos en los días actuales.

Uno de los grandes legados de Lenin fue su férrea batalla contra el reformismo, el economicismo y el oportunismo de derecha y de izquierda en el movimiento obrero.

Lenin rescató el pensamiento revolucionario de Marx y Engels en una época en que predominaba, al interior del movimiento socialista internacional, la perspectiva reformista de Bernstein y otros revisionistas del marxismo, quienes criticaban la característica “partidaria y tendenciosa” de los fundadores del materialismo histórico y buscaban transformar el socialismo científico en una ciencia imparcial y neutra al querer comprobar que la evolución humana, sometida a “leyes establecidas y confirmadas por la ciencia social positiva”, llevarían invariablemente al socialismo, fase natural y espontánea, y por tanto inevitable, del desenvolvimiento social [i].

En la II Internacional se hacía una lectura positivista de Marx y Engels, en verdad una domesticación política de sus ideas, para que toda la teoría de la lucha de clases y de la necesidad de la revolución para superar el capitalismo fuese olvidada. Las tesis de Bernstein contaminaban los círculos socialistas con el análisis de que el avance del capitalismo, en el paso del siglo XIX al XX, traía como característica la capacidad del sistema para resistir las crisis periódicas, el crecimiento de las capas medias (en contraposición a la tendencia de pauperización de la sociedad, como apuntaba Marx) y las transformaciones políticas en el sentido de la democratización con la conquista del sufragio universal.

Tales cambios desmentirán las tesis clásicas de lucha por el poder centradas en la insurrección y en la revolución violenta. Según estas la transición al socialismo vendría del propio desarrollo económico y social capitalista, con sus reflejos en la ampliación de los espacios políticos (elecciones y parlamentos), desde que los socialistas supiesen utilizar de forma inteligente estos espacios.

La trayectoria política de Lenin es de una precoz identificación con la visión revolucionaria del mundo, impulsada por las violentas contradicciones de la sociedad rusa de su tiempo de juventud. Temprano (a los 17 años, en 1887), entró en contacto con obras de Marx y Engels. Antes de eso, ya participaba de las luchas contra la autocracia zarista en Rusia, desde el ahorcamiento de su hermano mayor Alexander Ulianov, por conspiración en un atentado terrorista contra el Zar, mismo período en el cual tomó conocimiento de las obras del marxista ruso Plejanov. En 1892, tradujo el Manifiesto del Partido Comunista para el ruso. Tres años después, en San Petersburgo, colaboró a crear la Liga de la Lucha por la Emancipación de la Clase Obrera y, después, fue preso y exiliado en Siberia.

Al final del exilio fue a vivir a Múnich (1900-1902), donde al lado de Martov fundó el periódico Iskra, publicación del Partido Obrero Social Demócrata Ruso (POSDR) en el cual pasó a usar el seudónimo de Lenin para firmar sus artículos.

Viviendo en Londres (1902-1903) participó del II Congreso del POSDR, en el cual lideró el ala bolchevique (“mayoría” en ruso) contra los mencheviques (minoría), anticipando la ruptura entre revolucionarios y reformistas que ocurriría en los partidos socialdemócratas en el momento de eclosión de la Gran Guerra de 1914.

En este período produjo el libro ¿Qué Hacer?, la organización como sujeto político, texto publicado inicialmente en Iskra para el combate militante a las posiciones reformistas y revisionistas dominantes en la II Internacional, debate este que movilizó a otros revolucionarios de la época, como Rosa Luxemburgo, autora de la célebre “Reforma o Revolución”.

El libro de Lenin también cumplió el objetivo de responder al desafío colocado a los comunistas rusos sobre cómo construir el instrumento político (el partido) necesario para realizar el proyecto revolucionario en el país de los zares.

En esta obra Lenin atacó el culto a las acciones espontáneas, aseverando que: “la consciencia socialista no brota espontáneamente de las luchas del proletariado”, solamente una organización revolucionaria formada por militantes profesionales y cuadros de vanguardia forjados en las luchas obreras podría promover la acción consecuente contra el régimen del Zar y el orden capitalista.

El partido revolucionario debía asumir el papel de propagandista, agitador y organizador de la lucha proletaria, así como el de educador, exponiendo a todos los trabajadores y demás capas populares los objetivos generales del programa socialista.

Criticó los métodos artesanales, la improvisación y la desorganización que cundía entre los opositores rusos y, partiendo del presupuesto según el cual la lucha política, por su grado de amplitud y complejidad, requiere un trabajo diferenciado de la lucha sindical y de las batallas para las reivindicaciones económicas, defendió una organización formada por “hombres cuya profesión es la acción revolucionaria”.

En función de las condiciones extremadamente adversas para la lucha política en la Rusia de aquellos años, que imponía a los revolucionarios la clandestinidad, era necesario un alto grado de centralización organizativa con el cuidado de que los militantes no se apartaran de las masas ni abandonasen los principios democráticos en la conducción de los debates internos. Por fin Lenin postulaba que, en el partido revolucionario, debería desaparecer por completo toda distinción entre obreros e intelectuales.

Después de su estadía en Ginebra (1903-1905), Lenin retornó a Rusia para participar de la Revolución de 1905. Fue un año fértil en la producción de textos que profundizaban la vertiente revolucionaria y el combate al reformismo, como por ejemplo: “Dos tácticas de la Socialdemocracia en la Revolución Democrática”. En el prólogo de este documento, Lenin apuntaba la necesidad de hacer que el “trabajo habitual, regular, corriente de todas las organizaciones y grupos de nuestro partido: el trabajo de propaganda, agitación y organización” estuviese orientado en el sentido de “ampliar y fortalecer la vinculación con las masas”.

El éxito de la revolución dependía, más allá de la correcta evaluación del momento político y de la correlación de fuerzas en el país, que fuesen “justas las consignas tácticas –a fin de que se apoyasen en la fuerza real de las masas– y que se desarrollase todo un esfuerzo para educar y organizar la clase obrera”.

En este libro Lenin trabó un intenso debate político con los mencheviques, para quienes la hegemonía del proceso debería quedar con la burguesía liberal y no con la vanguardia proletaria, porque “la dirección y la participación hegemónica del proletariado” alejaría a los representantes burgueses de la lucha contra el Zar disminuyendo la “amplitud de la revolución”.

Contraponiéndose a esta visión reformista, Lenin afirmaba que solamente el proletariado tenía condiciones de atraer el apoyo de la masa campesina y, así, aplastar por la fuerza la resistencia de la autocracia, al mismo tiempo en que paralizaría la inestabilidad de la burguesía, marcada por posturas inconsecuentes en el combate al régimen zarista.

El ataque frontal la autocracia rusa solamente sería victorioso sí el proletariado asumiese el papel dirigente de la revolución popular y no de fuerza auxiliar de la burguesía en el interior de la revolución democrática.

Incluso reconociendo que la caída del poder autocrático representaría en última instancia el fortalecimiento de la dominación burguesa, Lenin entendía la importancia de la conquista de la república democrática para que el proletariado y las organizaciones de vanguardia pudiesen actuar con un mínimo de libertad y, con eso, iniciar la lucha por la transición socialista.

El movimiento siguiente sería “llevar a cabo la revolución socialista, atrayendo para sí la masa de los elementos semiproletarios de la población para quebrar por la fuerza la resistencia de la burguesía y paralizar la inestabilidad del campesinado y de la pequeña burguesía” [ii].

Pero la clase obrera no conquistó la hegemonía del proceso de luchas y la correlación de fuerzas en 1905 aún era extremadamente desfavorable para las masas populares, a pesar de haber representado una rica experiencia de luchas y de las cuales el mayor saldo, para la organización de los trabajadores, fue la creación de los Soviets, los cuales desempeñarían un papel preponderante en la Revolución de 1917.

Después de la derrota de la revolución democrática, Lenin fue electo presidente del POSDR en 1906, pero fue nuevamente obligado a exiliarse por cuenta de la masacre y persecución desenfrenada a los militantes y organizaciones que se oponían al gobierno del Zar. Lenin no volvería a Rusia hasta 1917.

Durante ese largo exilio, hizo el balance de la Revolución de 1905 en artículos como “Las lecciones de la insurrección de Moscú” (agosto 1906), en el cual replicó la posición de Plejanov (que responsabilizaba de la derrota a la radicalización del movimiento, afirmando que “no se debió haber tomado las armas”) con la evaluación de que una de las grandes conquistas de la revuelta popular –a costa de enormes sacrificios– había sido el paso de huelga política general a insurrección, elevando el movimiento a un nivel superior de conciencia.

En el momento de reflujo del movimiento obrero ruso, el texto “En el camino” (enero de 1909) reforzaba la necesidad de un “trabajo prolongado de preparación de masa más amplias”, con la creación de células del partido “en todas las esferas de actividad, de comités obreros bolcheviques en cada empresa industrial, buscando siempre un estrecho contacto con las masas”.

Cada medida de organización debería contribuir para la cohesión de la clase y para que el partido conquistase, con su “influencia ideológica”, el papel dirigente en las organizaciones proletarias.

En este período, otros trabajos de importancia fueron publicados: “Materialismo y Empiriocriticismo” (1909), crítica a una variante de idealismo y “Imperialismo, Fase Superior del Capitalismo” (escrito en 1916), obra fundamental para la conceptualización del capitalismo en su fase monopolista de dominio del capital financiero, marcada por la exportación de capitales y por la repartición del planeta entre las naciones del capitalismo avanzado.

Así, era posible caracterizar la Primera Guerra Mundial como expresión de las disputas inter-imperialistas y como una acción totalmente reaccionaria, contra la cual era preciso posicionarse firmemente desde el punto de vista proletario y de la revolución.

De los análisis a cerca del carácter internacional de la guerra imperialista era aún posible deducir que el capitalismo mundial había alcanzado el nivel de maduración necesario para la revolución socialista, o sea, las condiciones objetivas estaban dadas, era entonces preciso hacer avanzar las condiciones subjetivas.

La participación de Rusia en la Gran Guerra provocó la agudización de las contradicciones al interior de la sociedad, trayendo a flote nuevamente al movimiento obrero y campesino con mayor protagonismo de los Soviets.

En febrero de 1917 las manifestaciones populares promovieron la caída del Zar Nicolás II  iniciándose el período del Gobierno Provisional, dirigido por la burguesía liberal con apoyo de los mencheviques y los socialistas revolucionarios (Esseristas), corrientes reformistas que hegemonizaban los soviets.

Lenin consigue volver a Rusia y anuncia que, derrumbada la autocracia zarista y conquistada la revolución democrática burguesa, estaba abierta la fase de lucha por la conquista del Estado proletario a través de la revolución socialista.

En “Sobre las tareas del proletariado en la presente revolución (Tesis de Abril)”, texto publicado en la edición de Pravda del 7 de abril de 1917, Lenin percibió la oportunidad histórica de hacer la revolución proletaria a partir de la movilización popular en curso, pero provocó la reacción de incredulidad de parte de los militantes socialistas rusos cuando afirmó que, la peculiaridad de aquel momento consistía en la transición de la primera etapa de la revolución –que dio el poder a la burguesía por faltar al proletariado el grado necesario de consciencia y organización, para la segunda etapa– que debía colocar el poder en las manos de los proletarios y de las capas pobres del campesinado.

Lenin partía de la evaluación de que, en la mayoría de los soviets, los bolcheviques estaban en minoría y esto exigía un paciente y firme trabajo de crítica al gobierno y de esclarecimiento, junto a las masas, a cerca de la necesidad de que el poder pasase a las manos de los Soviets.

En los meses anteriores a la Revolución de Octubre, Lenin trabó una dura batalla ideológica contra los oportunistas y reformistas rusos, representados centralmente por los mencheviques y socialistas revolucionarios que negaban la opción de la revolución socialista y se contentaban en ocupar cargos y ministerios en el gobierno provisional dominado por la burguesía, latifundistas e imperialistas.

Lenin, principalmente en el mes de septiembre, produjo textos de combate a las vacilaciones y traiciones de los reformistas, pero también dirigidos a convencer a parte el Partido Bolchevique no totalmente creyente de las posibilidades objetivas de la victoria revolucionaria del proletariado.

En los textos publicados en el periodo, tales como “Una de las cuestiones fundamentales de la revolución”, “Los Bolcheviques deben tomar el poder” y “Marxismo e insurrección” [iii]; Lenin dejaba claro que el poder soviético significaría un cambio radical en el ejercicio del poder del Estado.

No bastaba tomar el poder por asalto, algo que de hecho fue facilitado por la degradación del Estado burgués en 1917, desgastado política y socialmente al mantener al país en la guerra a cualquier precio, prefiriendo atender las necesidades de los imperialistas ingleses y franceses haciendo valer la voluntad popular.

El poder de los Soviets representaría la destrucción de todo el viejo aparato de Estado, con su consecuente substitución por un aparato nuevo y popular, verdaderamente democrático, a ser controlado por la mayoría organizada y armada del pueblo, de los obreros, soldados y campesinos.

Entre mayo y septiembre de 1917, los acontecimientos y las luchas en Rusia habían revertido el momento anterior de inferioridad bolchevique al interior de los Soviets de las capitales, los cuales pasaban a inclinarse para el lado de los revolucionarios.

Basándose en el escrito de Engels: “Arte de la insurrección” (Revolución y Contrarrevolución en Alemania), que, firmado por Marx fue publicado en New York Daily Tribune en 1851, Lenin afirmaba categóricamente que la revolución estaba en el orden del día, debido a que, a partir de los eventos de julio y agosto de 1917 estaban dadas las condiciones objetivas y subjetivas para el suceso de la embestida revolucionaria. Lenin se refería a las jornadas de julio y a la “Kornilovada”.

Las manifestaciones de julio fueron desencadenadas por un movimiento de soldados, marinos y obreros enfurecidos contra el gobierno provisional y sus órdenes militares evidentemente infructuosas e irresponsables.

Las demostraciones de masa ocurrieron en Petrogrado y los manifestantes gritaron las consignas de los bolcheviques como “¡Todo el poder a los Soviets!”, exigiendo que la dirección máxima de estos asumiese el poder lo que fue negado por el Comité Ejecutivo Central donde dominaban los Socialistas Revolucionarios y los Mencheviques.

El movimiento fue masacrado por el gobierno provisional, que atacó al Partido Bolchevique llenando sus periódicos y gráficas y ordenando arrestar a los líderes obreros.

En el episodio de acción contrarrevolucionaria comandado por el general zarista Kornilov, en agosto de 1917, el gobierno provisional, bajo el mando de Kerenski, adoptó una postura ambigua, al insuflar inicialmente la revuelta, para verse libre de los Bolcheviques. Pero fueron estos quienes enfrentaron decididamente la tentativa de golpe de Kornilov y continuaron denunciando al gobierno provisional y a sus cómplices los Esseristas y los Mencheviques.

La “kornilovada” fue liquidada por los obreros y campesinos liderados por el Partido Bolchevique.

Lenin entonces percibía que, después de estos dos grandes acontecimientos históricos, las masas habían adquirido experiencias decisivas en el enfrentamiento a sus enemigos de clase y era cada vez más evidente el desmarcamiento de los reformistas y oportunistas, quienes, ocupando ministerios en el gobierno provisional asumían en la práctica la defensa de los intereses burgueses.

Lenin enfatizaba que, por todo eso, la batalla por la hegemonía en el interior de los Soviets estaba siendo ganada por los Bolcheviques y decía además que en aquel momento histórico existían las condiciones objetivas y subjetivas para la toma del poder, pues “tenemos a nuestro favor la mayoría de la clase que es vanguardia de la revolución, vanguardia del pueblo, capaz de arrastrar a las masas”.

No hay dudas que por medio de la lectura de esos textos podemos concluir que, para Lenin, una de las cuestiones centrales en la lucha y conquista del poder en Rusia fue la batalla ideológica trabada en el interior de los Soviets para apartar de la nefasta influencia de mencheviques y esseristas a los líderes obreros y campesinos más valiosos, los cuales bajo la firme dirección del partido Bolchevique liderarían la Revolución de Octubre.

Por tanto, la cuestión de la hegemonía fue un aspecto central de la victoria bolchevique en 1917, hecho que, con certeza, se verificaría también en las demás revoluciones socialistas del Siglo XX.

También es de esa fase inmediatamente anterior a la Revolución de Octubre el libro “El Estado y la Revolución”, escrito entre agosto y septiembre de 1917 con base en los textos de Marx sobre las luchas de clase en la Francia del Siglo XIX y en un especial sobre la Comuna de París.

Lenin sistematizó las ideas de los fundadores del materialismo histórico acerca del Estado capitalista y de la dictadura del proletariado, reafirmando el carácter de clase del Estado y desmitificando el pensamiento burgués según el cual la democracia política sería inherente al orden fundado por los liberales.

Buscó actualizar los principios teóricos marxistas sobre la cuestión del poder para aplicarlos en la lucha política en tiempos del capitalismo monopolista y del imperialismo. Según sus pronósticos del momento, estaban dadas las condiciones para la revolución socialista mundial, pues el imperialismo, identificado por él como “capitalismo parasitario o en un estado de descomposición”, un “capitalismo agonizante”, habría abierto la “era de las revoluciones proletarias”.

La consolidación del capitalismo monopolista y del imperialismo había representado un retroceso en las prácticas democráticas conquistadas en varios países gracias a las intensas luchas obreras trabadas a lo largo del siglo XIX.

En la perspectiva del líder de la Revolución Bolchevique, el estado se convertía, entonces, en un instrumento directo al servicio del gran capital, conforme apunta José Paulo Netto en el texto “Lenin y la instrumentalidad del Estado” [iv], análisis este que anticipaba la aprehensión sobre la tendencia –hoy muy evidente– de la completa incompatibilidad entre el orden capitalista y la democracia política.

Ese tema sería revisado cuando la polémica con Kautsky en 1918, en respuesta a un folleto del socialista austríaco intitulada “Dictadura del Proletariado” Lenin escribió “Revolución Proletaria y el renegado Kautsky”; allí atacó frontalmente las ideas revisionistas de Kautsky quien, desde el período de la Gran Guerra, había migrado para las posiciones reformistas, falsificando varios principios teóricos del marxismo e intentando transformar a Marx en un vulgar liberal.

Lenin refutaba la mistificación de Kautsky en torno de la democracia burguesa, al hablar de “democracia pura” en la sociedad marcada por el antagonismo de clase, recordando que incluso la democracia burguesa más avanzada jamás dejaría de echar mano de su aparato represivo cuando la burguesía se sintiese amenazada por la movilización de los trabajadores.

Lenin escribió: “No hay Estado, ni siquiera en el más democrático, dónde no haya escapatorias o reservas en las constituciones que aseguren a la burguesía la posibilidad de lanzar sus tropas contra los obreros, declarar el estado de guerra, etc en caso de violación de la orden, de hecho incluso en caso de violación por la clase explotada de su condición y de intentos de no comportarse como tal. Kautsky embellece de manera desvergonzada la democracia burguesa, no diciendo nada, por ejemplo, de aquello que hacen los burgueses más democráticos y republicanos en América o Suiza contra los obreros en huelga”[v].

Concluida la revolución socialista en octubre de 1917, Lenin lideró el gobierno bolchevique en  la guerra civil iniciada por las fuerzas reaccionarias rusas y apoyadas por las naciones imperialistas hasta 1921.

En marzo de 1919 en Moscú, estuvo al frente de la fundación de la Internacional Comunista, creada en la perspectiva de tornarse una “Unión Mundial de las Repúblicas Socialistas Soviéticas” y de promover en todo el mundo la lucha por la afirmación de la dictadura del proletariado en lugar de la democracia burguesa.

Superado el período que quedó conocido como “comunismo de guerra”, con la victoria de las fuerzas proletarias, Lenin comandó la recuperación económica de Rusia implementando al NEP (Nueva Política Económica), a través de la cual fueron usadas medidas capitalistas para suplantar el enorme atraso estructural en que se encontraba el país y para establecer las bases necesarias en la construcción de la nueva sociedad socialista.

En el III Congreso de la Internacional Comunista, realizado en 1921, con base en su texto “Izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo”, Lenin pasó a reconocer que la ola revolucionaria había retrocedido principalmente en Europa; de allí la necesidad de un trabajo de los comunistas en el interior de los sindicatos dominados por direcciones reaccionarias, además de la participación en las elecciones instituidas por el calendario democrático burgués, teniendo en vista la conquista de escaños por el movimiento obrero en los parlamentos de los países capitalistas.

Lenin percibía que los partidos comunistas fuera de Rusia Soviética tenían poca influencia de masas e insistían en calcar tácticas revolucionarias copiadas de la experiencia de los bolcheviques, las cuales no demostraban ser adecuadas a la realidad social, económica y política del occidente capitalista.

Recordaba Lenin que los Bolcheviques necesitaron de quince años para prepararse como una fuerza política organizada para la conquista del poder en Rusia, afirmando que la victoria sobre la burguesía sería imposible sin una “guerra prolongada, tenaz, desesperada, de vida o muerte; una guerra que exige tenacidad, disciplina, firmeza, inflexibilidad y unidad de voluntad”.

Al final se trataba de enfrentar un poder que no residía solo en la fuerza del capital y en la solidez de sus relaciones internacionales, sino igualmente en la “fuerza de la costumbre, en la fuerza de la pequeña producción” [vi].

El dirigente bolchevique indicaba la necesidad de una revolución que fuese también capaz de promover transformaciones de orden moral y cultural para vencer la ideología del capitalismo.

Muerto a los 53 años, el 21 de enero de 1924, después de accidentes vasculares como resultado de una salud debilitada por varios años de intensa dedicación al trabajo revolucionario, Lenin dejó un legado político que provocó la reacción rabiosa de la burguesía y de la socialdemocracia, que siempre buscaron demonizarlo y a todo lo que él representa.

En contrapartida, para los revolucionarios y trabajadores conscientes de la necesidad de sustituir al orden capitalista por el socialismo, hay certeza de que su pensamiento se mantiene como una guía indispensable para la acción transformadora.

En los días de hoy, en los cuales queda cada vez más evidentes la incompatibilidad del capitalismo con la democracia (hecho particularmente visible en el Brasil del enero de 2014, cuando el gobierno democrático petista acaba de bajar una puerta en defensa de la Ley y el Orden, por la cual deja claro que el aparato represivo del Estado será usado contra las manifestaciones populares) y la imposibilidad de realizar cualquier reforma en el interior del sistema que no sea en favor de la propia burguesía, los trabajadores continuarán encontrando en el marxismo revolucionario de Lenin el indicativo preciso de unión de la teoría con la práctica, para la organización de las luchas de resistencia y confrontación a los imperativos del capital con vistas a la construcción de la alternativa socialista con rumbo al comunismo.

Notas (original en portugués):

 

i Conferir o texto de Michael Löwy “Marxismo e Positivismo no pensamento da Segunda Internacional” em As Aventuras de Karl Marx contra o Barão de Münchhausen: marxismo e positivismo na sociologia do conhecimento, Cortez Editora, 6ª edição, p. 117.

ii V. I. Lênin. Duas Táticas da Socialdemocracia na Revolução Democrática, Lisboa, Editorial Avante!, 1978, p. 98.

iii Estes textos foram reunidos por Slavoj Zizek no livro “Às Portas da Revolução: escritos de Lênin de 1917”, São Paulo, Boitempo Editorial, 2005. Também encontram-se disponíveis na página da Fundação Dinarco Reis (http://pcb.org.br/fdr), em Biblioteca Comunista.

iv Ver Netto, José Paulo – Marxismo Impenitente: contribuição à história das ideias marxistas, São Paulo, Cortez Editora, 2004, pp. 109-138.

v V.I Lênin. A Revolução Proletária e o Renegado Kautsky http://www.marxists.org/portugues/lenin/1918/renegado/cap02.htm

vi Esquerdismo, Doença Infantil do Comunismo http://www.marxists.org/portugues/lenin/1920/esquerdismo/index.htm

Traducción: Tribuna Popular/EML

(*) Miembro del Comité Central del Partido Comunista Brasilero (PCB)

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