La guerra simbólica contra el socialismo


Raúl Antonio Capote | www.Granma.cu

 

Terminada la segunda guerra mundial con la creación del frente ideológico para dominar el mundo, Allen W. Dulles, director de la CIA desde 1953 y hasta 1961, concibió la cultura como escenario de una guerra a largo plazo en el destruido Viejo Continente de posguerra.

Estandarizar y divulgar en toda Europa la cultura y el modo de vida norteamericanos y deshacer la simpatía por el ideal socialista, fueron las primeras tareas de la CIA. Construir consenso sobre las ventajas del «sueño americano» en Europa y derrotar en el terreno de las ideas al socialismo sería la prioridad de los servicios especiales estadounidenses.

«Tenemos que lograr», decía James Jesús Angleton, jefe de contrainteligencia de la CIA entre 1954 y 1975, «que la mayoría de los jóvenes de Europa del este sueñen con las cocinas americanas, los carros, los rascacielos, los enlatados, la música pop, Mickey Mouse, las medias de nailon, los cigarrillos, las lavadoras, los supermercados, la Coca-Cola, el whisky, las chaquetas de cuero y los cosméticos».

El american way of life rápidamente sedujo a los europeos, fundamentado en el consumo individual de bienes (automóviles, teléfonos, electrodomésticos), impulsado por la publicidad y sostenido por un crédito fácil y las ventas a plazos.

Los espectáculos de masas, el interés por la moda, las nuevas corrientes musicales (jazz, charlestón, blues) se convirtieron en objetos de consumo y alimentaron a toda una industria que hasta entonces no había sido significativa.

La América opulenta se vendió al mundo como el paradigma de las libertades, de las posibilidades de enriquecimiento y bienestar. Los valores que se promovían eran los del éxito, la iniciativa y el esfuerzo individual.

EEUU se proyectó a través de los medios de comunicación de masas (cine, publicidad, etc.) como la meca soñada para los que iban en busca de la fortuna.

OPERACIÓN IDEOLÓGICA de la CIA

El Congreso por la Libertad de la Cultura (CLC) fue el instrumento central de la operación ideológica de la CIA. El Congreso fue instituido como una organización asentada en París con apoyo de los servicios de inteligencia francés y británico.

El CLC tuvo oficinas en 35 países, contó con personal contratado de forma permanente, dirigió su propio servicio de noticias, organizó eventos internacionales y conferencias de alto nivel donde participaron intelectuales de gran prestigio.

La posibilidad del éxito opacó cualquier otra consideración. La vanidad que todo creador lleva en sí fue sabiamente explotada por los expertos de la CIA.

Muchas de las mentes más brillantes del Viejo Mundo se pusieron al servicio de EEUU. La cruzada cultural fue financiada principalmente con partidas secretas del Plan Marshall; el dinero corrió a raudales.

Los mejores museos de Estados Unidos y Europa, las grandes editoriales, las orquestas sinfónicas de occidente, revistas, estudios de cine y televisión, emisoras de radio se pusieron en función de la cruzada. La CIA funcionaba como un gran Ministerio de Cultura, con toda la industria cultural de occidente a su servicio.

La Agencia embaucó y utilizó a la intelectualidad europea durante más de dos décadas. Algunos con total conocimiento de causa, otros atraídos por las enormes posibilidades que proporcionaba el CLC; unos por alineación ideológica y muchos confundidos por la retórica libertaria de sus patrocinadores y voceros.

Se hicieron versiones cinematográficas de los libros de George Orwell y se reprodujeron el Regreso de la URSS, de André Gide; El cero y el infinito, de Arthur Koestler; y El libro blanco de la revolución húngara, de Melvin Lasky, entre muchos otros.

La CIA aplicó el principio de influir de forma directa, principalmente en los sectores de la cultura norteamericana, para implicarlos en sus proyectos y eventos de propaganda anticomunista, estimulando la desilusión por la política cultural en el campo socialista, explotando al máximo sus errores y desviaciones.

Con ese fin fundaron o promovieron redes de instituciones pantalla para sus operaciones, apoyaron congresos internacionales, crearon premios y concursos literarios y sufragaron la carrera o compraron a periodistas, medios e intelectuales, aunque algunos de ellos no eran conscientes de que estaban siendo utilizados.

A diferencia del espionaje, en que el actor es consciente de para quién trabaja, en la guerra cultural un intelectual, un artista, puede llegar a reflejar en sus obras opiniones de impacto social favorables a intereses políticos, sin saber que es objetivo de formas de influencia diferentes. Sobre el artista se trabaja en sus valores y debilidades, se estudian sus características sicológicas para poder manipularlo adecuadamente con determinado fin.

Tal estrategia fue perfeccionándose con el tiempo a través de equipos multidisciplinarios que abarcan todas las manifestaciones artísticas: el cine, la música, las artes plásticas, la danza, la literatura, el teatro, etc. La experiencia se extendió en el tiempo.

Cuando a la CIA le convenía para su trabajo la obra de determinado autor o artista consciente o inconscientemente a su servicio, todo el gran aparato creado por ellos para la cruzada cultural se ponía en acción. Si se trataba de un libro, este era publicado en una gran editorial y promocionado inmediatamente a gran escala.

Para otros artistas, o para gente que anduviera detrás del éxito, la señal estaba clara: imitar al triunfador era la clave, y la estrategia, en efecto, se dirigió con fuerza hacia dentro de la URSS y el campo socialista en general. Un ejemplo evidente fue el Premio Nobel de Literatura concedido a Alexander Isayevich Solzhenitsyn, más allá del mérito literario, fue la crítica al sistema y otros factores extraliterarios lo que llamó la atención de Occidente y de la CIA y motivó la intencionada promoción del autor. Escribir como Solzhenitsyn se convirtió en una vía segura para el éxito. El mecanismo funcionaba también en sentido contrario: a los «no correctos», a los críticos «intransigentes» del capitalismo, les esperaba el silencio.

CONTIENDA CULTURAL CONTRA el SOCIALISMO

Una de las primeras series de televisión creadas con un objetivo directo de guerra cultural fue Music in the Twenties, según la CIA esta serie debía ser epítome del sueño americano para disminuir los sentimientos antiestadounidenses en las décadas de 1960 y 1970 en Europa.

La serie Dallas, en la década de los 80, es otro buen ejemplo. En el artículo «How ‘Dallas’ Won the Cold War» publicado por Nick Gillespie y Matt Welch, de la revista Reason, los autores afirman: «Esta caricatura –empapada de sexo y alcohol– de la libre empresa y del estilo de vida de los ejecutivos norteamericanos resultó ser irresistible (…). ‘Dallas’ no fue una serie televisiva más, sino una fuerza cultural que cambiaba la atmósfera (…), que ayudó a definir los 80 como una gloriosa “década de codicia”, con la que se mostraba al capitalismo como ‘genial’, a pesar de sus contradicciones morales.»

El programa tuvo su premier el 2 de abril de 1978 como una miniserie en la cadena CBS. Los productores inicialmente no tenían planes de expansión, sin embargo, debido a su popularidad, el show se convirtió posteriormente en una serie regular que duró 14 temporadas, hasta 1991.

La popularidad de la miniserie inicial en países como Polonia, la RDA y Checoslovaquia, tuvo mucho que ver con el aumento del presupuesto a los realizadores. La CIA canalizó millones de dólares para financiar Dallas.

La guerra cultural no deja espacios sin cubrir: durante la inauguración en Moscú de la American National Exhibition, el 24 de julio de 1959, presidida por Nikita Jruschov y Richard Nixon, se produjo un debate sobre las supuestas bondades del capitalismo y su alegada superioridad.

El llamado «kitchen-debate» tuvo lugar en medio de una cocina de una casa prefabricada construida expresamente para la ocasión por All State Properties, para mostrar a los soviéticos «la casa que todo norteamericano puede tener».

Dentro de la cocina ideal una modelo rubia, esbelta, sonriente, trajinaba diligente ante la vista de los observadores, manipulando con destreza todo el equipamiento electrónico de última generación. El efecto de esta puesta en escena fue devastador.

La radio jugó un importante papel en la contienda cultural contra el socialismo este-europeo. Radio Libertad trasmitía desde la playa de Pals, en Girona, Cataluña, hacia la Unión Soviética y demás países del campo socialista.

La primera emisión tuvo lugar el 23 de marzo de 1959, con el nombre de Radio Liberation, del American Committee for the Liberation of the Peoples of Russia (Comité Estadounidense para la Liberación de los Pueblos de Rusia). Durante muchos años y hasta su cierre fue la emisora más potente del mundo.

Emisoras similares estaban repartidas por todo el mundo. En Portugal había dos, en Alemania tres, así como otras en Grecia, Marruecos y muchas más.

Todas eran de onda corta y dirigían las emisiones hacia la URSS. Ninguna ostentaba la potencia de la primera, pero tenían similares objetivos.

En la batalla simbólica entre los dos sistemas que caracterizó las décadas de los 60,70 y 80, una visión idealizada de la vida cultural en el capitalismo fue marcando el imaginario de muchos, especialmente de los jóvenes.

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